La vida es un engaño, es un constante juego de ilusiones y desilusiones.
Nuestra mente desde que tenemos uso de razón no para de generar expectativas, que tienen como telón de fondo sucesos reales pero que en verdad no son más que fantasías.
Sinceramente yo no esperaba estar aquí a estas alturas de la vida. Hace muchos años vi con más nitidez mis sueños de lo que ahora veo mi vida.
Con el paso de los años y sobre todo de los últimos años, cada vez me descoloco más con las contradicciones del mundo, contradicciones que ya no sé si solo me ocurren a mí o le pasan también al resto de la gente.
O quién no ha sentido la eternidad de ciertos momentos en contra de la fugacidad de otros aún más duraderos en el tiempo.
O quién no ha necesitado desesperadamente alguna vez de esa persona que al mismo tiempo es la causante de tus mayores preocupaciones.
Desde pequeños nos enseñan y enseñamos millones de cosas.
Sin embargo, nadie te enseña a convivir con tu soledad, a gestionar tus sentimientos en favor de una vida mejor y no al contrario.
Vivimos y aprendemos a base de experiencias que nos hacen reflexionar sobre qué está pasando.
Pero esas experiencias a veces son traumáticas y nos dejan huella.
Aprendemos a querer cuando sentimos la ausencia. Queremos disfrutar cuando ya se ha pasado el momento. Descubrimos el amor en relación a la necesidad que nos genera.
Y sabemos que solo alcanzaremos la codiciada felicidad cuando derrumbemos el gran muro de excusas tristes que generamos día a día.
La verdad es que al releer mis propias palabras siento un cosquilleo en el cuerpo que como mínimo me hace sentir raro.
Necesito rebelarme, pero rebelarme contra mí mismo.
Buscar soluciones a problemas que yo mismo genero.
Tomar decisiones y ser valiente para llevarlas a cabo con todas las consecuencias.
Siento que es el momento de rebelarme contra esas tristes excusas que no me dejan avanzar.
También noto el vértigo que genera la posibilidad de cambio. El saber que las cosas y los sentimientos no son eternos, que constantemente están fluyendo.
Pienso que es necesario saber convivir con que nuestra vida en uno, dos o diez años no será la misma. Nuestras vidas y prioridades irán cambiando, y eso generará dudas y alegrías por igual en la medida que consigamos adaptarnos al cambio.
Hoy sentado en el sofá de mi salón y viendo pasar las nubes en esta fría noche de viernes, aún no sé si el poso que se me queda es positivo o negativo.
Quizás todo esto no sea más que una nueva contradicción o quién sabe si quizás sea el inicio del cambio.
