La vida está llena de agujeros negros, de túneles del tiempo en los que nos adentramos y perdemos la consciencia de lo que nos rodea.
Todos aunque no lo sepamos tenemos lugares especiales en los que podemos hacer que el tiempo no cuente.
Mucha gente los descubre de manera individual, por ejemplo en el trabajo, echando horas y horas como si en verdad no existiera otro entretenimiento que precisamente el de trabajar. Tengo que reconocer que en este ámbito, a mí nunca me ha pasado, pero quién sabe.
Sin embargo, los que si he vivido han sido los túneles que activa otra persona. Lugares que tienen colores diferentes si estás con la persona adecuada para verlos.
Sé que todo suena muy metafórico, por eso lo explicaré de manera más clara, contando mi última experiencia en un túnel del tiempo.
Era la última tarde de septiembre en la que Marta y yo caminábamos medio sonámbulos por las calles céntricas de Valladolid, buscando hacer una parada casi obligatoria después de haber terminado nuestra semana de colegio con una comida un tanto especial.
En el fondo los dos nos moríamos por echarnos la siesta, sin embargo nos podían más las ganas de empezar de manera diferente el fin de semana.
Esto nos suele pasar muy a menudo y la verdad es que es genial hacer de lo cotidiano, algo extraordinario.
Así es como finalmente nos topamos con una terraza interior muy cercana a la Catedral. Al verla supimos que ese sito tenía "algo", no sabíamos si eran los cojines que tenían las sillas o si era el ambiente tranquilo que desprendía aquel lugar, pero sabíamos que allí debía ser nuestra parada.
Y más aún cuando Marta nada más llegar se dejó caer sobre uno de los sillones. Solo le faltó quitarse los zapatos y empezar a roncar.
Tras un momento de duda ante el sopor que se nos venía encima, decidimos pedir nuestro mítico café torero.
Si soy sincero en ese instante cada vez escuchaba a Marta mas de fondo.
Aunque, es en esos momentos inesperados cuando la vida agita su varita y hace despertar algo invisible que nos conecta. Marta dice que fue por la cafeína, yo quiero pensar que fue por la conversación.
Pero sin saber cómo, los dos nos adentramos de lleno en nuestro particular túnel del tiempo.
Comenzamos a hablar de manera armónica, nuestras voces se entrelazaban sin chocarse, generábamos diálogos interminables que saltaban de un tema a otro de forma sutil.
En ciertas ocasiones nos volvíamos familiares, otras veces nostálgicos, criticábamos, reíamos, nos metíamos con la gente y con nosotros mismos. Jugábamos a soñar, a analizar el pasado y el futuro.
Seguíamos hablando sin querer llegar a conclusiones.
Los sorbos que le dábamos a nuestros gin-tonics se mezclaban con miradas, con sonrisas, incluso con pequeños silencios generados por nuestros supermóviles.
Estuvimos sentados más de 4 horas, lo supimos al ver que el Sol había dado paso a la Luna y que por aquella terraza habíamos visto pasar muchas historias paralelas como la de Gafulis y su problema con los bebés o la de la señora del llanto jubilado.
Como siempre compartimos espacio y tiempo con mucha gente. Sin embargo ese día, esa terraza fue nuestra y quién sabe si la próxima vez que volvamos sigan allí resonando en el aire las cientos de conversaciones que se quedaron en nuestro querido túnel del tiempo.