Tener un hijo, para mí es el gesto más egoísta y solidario del mundo.
Nos embarazamos porque de manera egoísta y personal queremos tener esa experiencia, en muchos casos un deseo que se tiene desde hace años y por el cual se llega a hacer lo que sea.
Aunque bendito egoísmo cuando eso supone engendrar una nueva vida, un ser que tendrá la oportunidad de conocer este maravilloso mundo.
Pero ¡ojo! Una cosa es desearlo y otra conseguirlo. En mi caso, aún estoy asimilando la noticia. Durante años imaginé alegremente qué sería ser padre. Incluso me he dedicado a opinar y valorar las experiencias de otros, como el que habla de un partido que echan por la tele o comenta cualquier otro chascarrillo con los amigos.
Cuando los sueños, son solo sueños, nos dedicamos a banalizar e idealizar momentos.
Sin embargo, ¡plass! Bofetada de realidad, el sueño se acabó y ahora todas esas suposiciones y mundos de Yupi toman forma, y tú de la noche a la mañana te conviertes en protagonista de ese sueño.
El vértigo y una sensación extraña se apodera de ti, no sabes aún cómo gestionar la situación y la incertidumbre no te deja disfrutar de lo que tanto habías querido.
Así que, en ese momento es cuando activas todas las herramientas a tu disposición que habías ido creando en tu cabeza durante todo este tiempo.
En primer lugar, sonríes y valoras lo positivo de la noticia.
¡¡Vas a ser paaadre!! ¡¡Voy a tener un hijo de verdad!!!
En segundo lugar, vuelves a sonreír de lo afortunado que eres al conocer la noticia en este momento de tu vida. Tienes todo lo necesario para que las cosas salgan a la perfección.
Un buen trabajo, miles de experiencias acumuladas y la mejor de las madres a tu lado, ¿qué más se puede pedir?
A continuación, piensas en lo que has ido viviendo, y se vienen a tu cabeza esos viajes, en los que veías a cientos de niños que sobrevivían en condiciones bastante peores a las que tu hijo va a vivir. Y de nuevo, vuelves a sonreír por la suerte que tienes de estar dónde estás, y de haber nacido dónde has nacido.
En mi caso, mi mente se traslada a mi familia, concretamente a mis padres, y de repente empiezo a valorar su esfuerzo como nunca antes lo había hecho.
Sigo sacando las herramientas de la caja, y me fuerzo a hacer una parada en el camino. A saborear este notición, a pensar que por fin lo he conseguido. Mi sueño de ser padre se ha hecho realidad, y eso es increíble.
Pienso en la conexión y el vínculo que generaré con otra persona diminuta y se me ponen los pelos de punta.
Finalmente, saco mi última herramienta, quizás la más importante, la de hablar con mi compañera de vida, y compartir el torrente de emociones que tenemos.
Acabamos de subir al avión que nos llevará, sólo a ella y a mí, al más maravilloso de los viajes, al viaje de ser padres.
¿Qué más le puedo pedir a la vida?
Continuará…