Érase una vez...
- Espera, espera... otra vez vas a contar la mierda de historia del sabio que ayuda al puto escorpión a salir del charco y una y otra vez le pica...
Creo que debes reciclarte y empezar a contar cosas nuevas.
Para que veas que te quiero, hoy es tu día de suerte y sin que sirva de precedente, te contaré yo una historia que puede que sea verdad o no, pero que sin duda te hará olvidar al pesado del escorpión.
Había una vez, una chica que tenía pánico a estar sola, era tal su miedo que siempre tenía cerca de ella a alguien que le acompañaba. Había generado una dependencia tan grande, que sentía ansiedad y cierto vértigo si sentía que no estaba vinculada a nadie.
Sin embargo, un día caminando sin rumbo, lo que los ingleses llaman hacer un "wander", nuestra protagonista se perdió y llegó a un lugar tan llamativo como novedoso para ella.
En ese lugar se dio cuenta que nada para ella era familiar a pesar de que el sitio por el que se movía no le resultaba del todo extraño.
Tenía una sensación agridulce, al saber que sentía que echaba algo de menos pero que al mismo tiempo estaba experimentando una tranquilidad que hacía tiempo que no sentía.
Este último sentimiento, le hizo seguir caminando y a medida que caminaba descubría rincones que nunca había visto, eran lugares que cada vez le transmitían una mayor calma pero que de igual modo también le generaban incertidumbre. Y más aún al escuchar ese silencio que te hace saber que tú eres tu propia compañía.
De nuevo sintió una especie de escalofrío al ver su reflejo y por primera vez en mucho tiempo se miró realmente a los ojos.
Era curioso pero parecía que se estaba descubriendo a sí misma, como si fuera una nueva amiga.
Aunque no todo era tan sencillo, ya que al mismo tiempo una parte dentro de ella se sentía vacía, como si estuviera aún por rellenar.
La verdad es que entre tanta reflexión nuestra querida amiga había caminado más de la cuenta, y realmente no tenía ni idea de donde estaba.
Miro a cada uno de sus lados y no reconoció nada, a pesar de ello tenía una extraña sensación de comodidad.
Hacía mucho que no se sentía así, por eso simplemente decidió sentarse y disfrutó del momento.
No sé cuantos minutos, horas o días pasaron pero fueron instantes mágicos en los que descubrió donde residía la felicidad que tanto había buscado a través del amor de otras personas.
En ese momento se dio cuenta de donde estaba y abrió los ojos de par en par, al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa templada al darse cuenta que simplemente había viajado a lo más profundo de su interior.
Un interior repleto de tranquilidad, miedos y felicidad ocultada a la espera de ser descubierta por la única persona que tenía la clave para encontrarla.
Y es que querido amigo contador de historias, la felicidad si la quieres compartir primero la has de descubrir en lo más profundo de tu ser.
Solo estando en paz contigo mismo conseguirás una vida realmente plena y preparada para compartir con los demás.
- Toma yaaa... creo que a partir de ahora dejaré de lado al sabio y al escorpión y empezaré a contar la historia de la chica que encontró la tranquilidad al estar aterrada por su soledad.
Por cierto, ¿al final cómo acabó la historia para la chica, se quedó sola o vivió felizmente con algún castellano el resto de sus días?